Lourdes lenteja

Lourdes se preguntaba por qué carajo seguía guardando aquellas cartas que él le escribió. (Ay, seamos sinceros, eran e-mails, pero queda mucho más lindo y romántico llamarlos ‘cartas’.) Cartas de amor. Cartas donde él plasmaba cuánto la extrañaba y ella le reclamaba su falta de atención diaria. Ella una rompebolas y él siempre lleno de excusas. Pero se querían. No veían esas imperfecciones. No veían que exactamente eso los vendría a destruir más adelante. Tras aquella destrucción y separación, ella siguió guardando sus cartas en una carpetita y de vez en cuando sus ojos se desviaban a esa carpetita con su nombre pero raramente la abría. Si la abría era para leer aquellas últimas cartas, las que ya no hablaban de amor sino de rencor, las que tiraban culpa al otro y que no dejaban lugar a duda que aquello había terminado. Si la abría era para cerciorarse de que había tomado la decisión correcta. Hoy la abrió sin intenciones, ni buenas ni malas, y se sorprendió leyendo aquellas primeras cartas, en las que se amaban y se extrañaban, aquellas en las que la vida era tan linda y el amor se sentía por los aires. Él la había amado. Ella se convenció de lo contrario cuando terminó, pero él sí la había amado. La había querido como él sabía querer, como le salía natural, pero para ella no fue suficiente. No fue culpa de nadie. Ahora lo entiende.

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